VERDERILL

Todo pasó en Verderill, un pequeño pueblo de la Sierra de Furganda, en el condado de Folk, una mañana de otoño. Pablo caminaba por el bosque entre un colage de rojos, verdes y ocres que pintaban el paisaje que desde niño le había visto crecer.

Como de costumbre, antes de ir a trabajar, su madre le había preparado la alforja con un pedazo de queso seco, una hogaza de pan y una ampolleta de vino dulce. Pablo subía por la ladera silbando esa melodía que solía cantar ella mientras enjabonaba la colada en el lavadero de la plaza, donde tantas veces la había acompañado de pequeño para ayudarla a llevar la cesta de la ropa sucia. Aunque hacía tiempo que no iba, todavía recordaba las manos púrpura de su madre casi congeladas por el gélido contacto con el agua que manaba de la roca, llenando a borbotones el fregadero que olía a jabón.

Normalmente a finales de noviembre el cielo estaba nublado, pero aquella mañana una densa niebla le turbó la vista, apenas podía ver a 15 cm. de su cara, despacio, iba avanzando, posando temerariamente los zuecos a cada paso que daba sobre la tupida alfombra de hojas caídas, había demasiados barrancos por esa zona como para ser imprudente. De repente, la niebla se cortó, y se encontró en medio de un claro del bosque que nunca antes había visto. El cielo, totalmente negro, no dejaba que los rayos del sol cruzaran los nubarrones, densos y sombríos, que giraban lentamente formando una espiral tenebrosa, delimitando el perímetro de la niebla y el área del bosque labrada por un suelo ocre. En el centro había un altar elíptico de mármol blanco, roto por finas aguas negras que lo desdibujaban, con cuatro patas en forma de pies de león arqueados mostrando sus garras.

Entonces, aparecieron ellos, una serie de personajes estrafalarios, vestidos con túnicas negras hasta los pies, descalzos. De sus gargantas resonaban cantos como zumbidos ahogados por sus labios cerrados, que no permitían salir nota alguna. Pablo no sabía quienes eran, ni qué hacían allí. Ellos, ausentes en su falsa realidad, andaban en círculos al ritmo de la nublada espiral, con los brazos cruzados y las manos dentro de las anchas mangas que casi tocaban el suelo. Cada vez había más, poseídos, se fueron colocando en semicírculo de cara al retablo, de golpe enmudecieron, un frío viento ondeo sus vestiduras y de la niebla salió una especie de oficiante, alto, con un hábito gris plateado y capucha, sus ojos de serpiente oscilaban lentamente, encantando a cuantos le miraban, no hablaba, pero lo decía todo.

Pablo se sentía bien allí, el aire que respiraba le llenaba los pulmones de frescor, se sentía flotar. Poco a poco se fue acercando a ellos, hasta topar con una pared imaginaria, trasparente, intangible, que no le dejaba seguir. Se sintió impotente, deseaba unirse a ellos, entonar su triste canto y venerarle a Él. Entonces un rayo de luz le iluminó, todos se giraron y le miraron a través de sus ojos blancos, mortecinos. Eso le asustó, quiso retroceder, pero no podía, paralizado por el resplandor, vio como se iba transformando poco a poco, sus ropajes se fueron desintegrando y cambiados por una túnica igual a la de sus observadores, sus zuecos desaparecieron, notando la tibieza del suelo en sus pies despojados, su alforja se evaporó, todo había cambiado, no sentía nada, estaba vacío, ni frío, ni calor, ni sentimientos, nada, sólo un deseo, estar allí, con ellos, ser como ellos.

Él alzó la vista hacia el cielo, y el rayo, cediendo a sus deseos, desapareció, volviendo a quedar todo en penumbra. La pared que antes no pudo atravesar se tornó gelatina acuosa y pasando primero una mano, la atravesó lentamente delineando aguas a su alrededor, mil ondas que iban desapareciendo a medida que se deslizaba hacia el interior.

Una vez allí, todo cambió, los personajes ya no eran seres sin ojos, sino bellas mujeres, atractivas, semidesnudas, esculturales cuerpos que danzaban al son de una dulce melodía, se acercaban a Pablo, pero él no las quería, siguió mirando, buscando no sabía qué, hasta que la vio, en el centro, tumbada en un diván de terciopelo rojo, había la mujer más bella de todas, su larga cabellera negra se deslizaba por su cuerpo tapando sus voluptuosas formas. Estaba dormida plácidamente, se acercó a ella, pero no podía tocarla, una burbuja también cristalina la separaba de su irrealidad. Quiso entrar, pero no pudo. Miró a su alrededor y ante su sorpresa vio que estaba dentro de una gran burbuja, fuera de ella había miles de hombres y mujeres que querían entrar, al igual que él antes, deseaban estar dónde él, le envidiaban. Querían sentirse partícipes de todo aquello. Entonces lo entendió, nunca la conseguiría, ella no le pertenecía, ahora que había llegado a ella veía que no era para él. La volvió a mirar, se estaba despertando, alzó la cabeza y se miraron, ella, con ojos de serpiente le había engañado, desde el principio, le había ofrecido lo que no podía darle.

Desanimado, dejó de creer en aquello, en él o ella. Ya nada de lo que había conseguido le parecía importante, deseó estar solo, caminando en su bosque, y así fue, desapareció todo cuanto le rodeaba e inmerso en la niebla, caminó dos pasos y se encontró en el camino, como siempre, con sus ropas, sus zuecos y su alforja.

Ya nada sería igual, ahora sería él, su vida, su mundo, nunca más volvería a desear ser como los demás. Porqué él era especial y así se sentía. Ahora sólo le quedaba una cosa pendiente, olvidarla.
  

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