PARÍS

Desde esa mesa podía ver toda la calle, le encantaba observar a la gente que pasaba. Controlar el incontrolable movimiento de cada uno de ellos e intentar dar forma a sus vidas con un poco de imaginación.

Ya era muy tarde, pronto anochecería y se iría a casa, otra vez solo, rodeado de libros y anotaciones del que algún día podría ser el suyo... un sueño... sabía que no lo acabaría nunca y eso le dolía, le hacía sentir muy vacío. Prefería no pensar, seguiría viviendo la vida de los otros en silencio, le llenaban más, eran más bonitas.

Al otro lado de la calle, justo en frente de él, se sentó una chica. Era la primera vez que la veía, intentó definirla en su mente, pero sólo le salía un adjetivo: bonita. Era simplemente la chica más bonita que jamás había visto. Su cabello negro, flácido, caía sobre sus hombros cual cascada amazónica en primavera y su piel blanca y delicada dejaba que sus ojos verdes le iluminaran el rostro.

Su imaginación, como siempre, se activó, seguramente estaría esperando a su novio, un apuesto caballero parisino que llegaría en un ford descapotable y le llevaría una rosa roja. Ella le sonreiría, se acercaría a él y le besaría dulcemente en los labios. Porque era evidente que esa chica tenía que ser feliz. Pasó más de media hora y nadie venia a recogerla, mientras, Marco la había estado observando, era alta y delgada, sus piernas largas se cruzaban suavemente, orgullosas de sus finos tobillos. Seguramente era modelo, o azafata, incluso una actriz famosa.

De repente sus miradas se cruzaron, y ante la sorpresa de Marco, se fundieron en un calido deseo de acercarse, envueltos en un silencio que sólo ellos dos podían oír. Él, tímido, no podía creer que se estuviera levantando de la silla. Sabía que podía salir mal, la vida era cruel a veces y él no era una excepción. El corazón empezó a latirle golpeándole el pecho con fuerza desde dentro. Cogió su libro, las gafas y empezó a cruzar la calle, sin apartar ni un solo momento sus ojos de los de ella. A medida que se iba acercando, ella le sonreía ruborizada, invitándole a compartir ese excitante momento.

Una vez delante, ella se levantó, se acercó y le besó en los labios, temerosa de su reacción empezó a retirarse, pero Marco la deseaba, la abrazó por la cintura y le devolvió el beso. Olía muy bien, a esencia de jazmín y limón. Ella le miró de nuevo a los ojos, le pasó la mano acariciándole el cabello, y manteniéndola en su nuca, ladeó armoniosamente la cabeza y volvió a besarle, mientras le humedecía los labios con su lengua. Los segundos corrían lentamente, sus bocas eran una, jugando a quererse, pero sin amor. Y así permanecieron, de pie, en medio de la acera durante un largo rato, sólo besándose, hasta que el claxon de una furgoneta les volvió a la realidad. Se miraron incrédulos de lo que acababan de hacer, ella cogió el bolso y empezaron a caminar, cogidos de la mano, deseosos de acabar lo que habían empezado.

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