4 ROSAS

Eran las 7 de la tarde de un frío miércoles de enero. El viento le acariciaba las piernas mientras andaba hacia casa a paso rápido, debería haberse puesto pantalones. Sabía que él estaría allí, y tenía ganas de acariciarle y besarle como siempre había hecho, pero ahora era diferente, mamá había muerto y él estaba triste, tendría que tener fuerza por los dos. Había sido un día muy duro en el trabajo y ahora sólo deseaba un baño tranquilo y ponerse cómoda, pero entendía que su padre necesitaba compañía, hacía más de 43 años que vivía con su mujer, y ahora, a sus 68 años, tendría que aprender a vivir sin ella. Realmente la vida a veces podía resultar muy dura.

Ella todavía no lo asimilaba, todo había sucedido tan rápido que apenas daba crédito a los hechos, no podía llorar, ni sentir, ni entender...

El domingo por la mañana había hablado con mamá, como lo hacía tantas veces a lo largo de la semana, pero aquella conversación no la olvidaría nunca, le había llamado para contarle que papá se quería comprar una cámara fotográfica digital, y quería que Laura le convenciera de lo contrario, ahora no necesitaban un trasto más en casa, de hecho, a penas sabía qué quería decir la palabra “digital”. Laura le prometió que iría esa tarde y lo comentaría con él. Fue la última vez que hablaron, y no se despidió como le hubiera gustado. Siempre había creído que su madre moriría en su lecho, de mayor y que podría decirle adiós con una sonrisa entre lágrimas, pero el destino, cruel, no se lo permitió.

Después de comer, decidió ir a tomar café a casa de sus padres. Se vistió cómoda, con unos tejanos, unas bambas y una camisa a cuadros sin mangas que se había comprado en las rebajas, sabía que estaban arreglando el jardín, y seguro que acababa ayudando.  Al llegar allí, vio una ambulancia en la puerta, entró corriendo y encontró a dos enfermeros socorriendo a su madre. Su padre estaba de pie, al lado, mirando lo que hacían, con la mirada vacía, perdida en el espacio, nunca le había visto así. Se acercó a él y le preguntó qué había pasado. Él la miró y le sonrió levemente, le dijo que su madre había resbalado con unas hojas del suelo y que al caer se había golpeado la cabeza con una maceta del jardín. Laura miró hacia al suelo, estaba lleno de sangre, mientras uno de los enfermeros le vendaba la cabeza, otro le hacía la respiración artificial. Todo iba muy deprisa. Su madre todavía tenía 4 rosas en la mano, las empuñaba con fuerza. Empezó a notar un fuerte dolor en el pecho, una presión que jamás había sentido, le costaba respirar, tenía que tranquilizarse. Se agachó y con suavidad abrió la mano de su madre, cogió las flores con las manos temblorosas y las dejó encima de la mesa de jardín nueva.

Llevaban 3 horas en el hospital cuando la Dra. Puig les comunicó que su madre había muerto por una embolia, causada por el golpe en la cabeza. Laura y su padre, atónitos, habían permanecido más de media hora sentados en esa sala de espera fría y solitaria, sin hablar, sin mirarse, dejando pasar el tiempo para ver si volvían a salir diciendo que había un error, que su madre se recuperaría en unos días, pero no, les indicaron que debían ir a administración a firmar la documentación para tramitar el papeleo y se fueron para casa.

Su padre no dijo nada en todo el trayecto, una vez allí, Laura le preparó algo de comer, una rodaja de salmón a la plancha, que su madre había comprado esa mañana y un poco de puré de patatas gratinado que había sobrado de la comida. Él, como siempre, obedeció, se lo comió todo y luego se fue a mirar las noticias del canal 6, sus preferidas. Laura recogió la mesa y se sentó junto a su padre. Le cogió de la mano con dulzura y le miró a los ojos, estaba temblando.

-      Oye, papá, tenemos que comunicar a la gente que mamá ha muerto, yo voy a avisar a la familia, pero tienes que ayudarme con la gente que no conozco. ¿Crees que tienes fuerzas? - Él levantó la vista y negó con la cabeza – A tu madre no le hubiera gustado molestar a nadie, siempre decía que era mejor avisar a la gente al cabo de una semana, así no tienen porqué desplazarse, ni molestarse.
-      Sí ya lo sé, pero normalmente...
-      Normalmente nada, si tu madre lo quería así, así será.
-      Pero al menos a tía Maite y a la prima Coral hay que decirles algo.
-      Sí, es verdad... sabes, no entiendo qué ha pasado, me estaba sonriendo, como hacía siempre que le llamaba flor y de golpe estaba en el suelo, no he podido ayudarla, no sé qué pasó, la ambulancia llegó enseguida, ¿qué fue lo que falló? ¿por qué ahora? – empezó a llorar convulsivamente,  tapándose la cara para que Laura no le viera – ¿ahora yo qué hago? Sin ella no sé cómo vivir, nada tiene sentido... debería haber muerto yo... ella era muy importante para todos.
-      No hables así, por favor, tienes que ser fuerte, a ella no le gustaría oír eso.

Siguió llorando durante un rato, mientras, Laura salió al jardín, era uno de sus lugares preferidos, desde niña, cuando había tenido algún problema había ido a la glorieta del centro a llorar, a pensar. Allí todo resultaba más fácil. Pasó por delante de las petunias y los rosales, y recordó las rosas que su madre tenía en la mano. Fue hasta la mesa del jardín y las cogió. Eran 4 rosas rojas enormes, frescas, vivas, las apretó juntó a su pecho y suspiró. En el suelo, frente a ella, todavía estaba esa mancha horrible de sangre, ahora casi seca y muy difuminada, el suelo todavía húmedo la había absorbido parcialmente. Se dirigió a la puerta de entrada y encendió los aspersores.

Fue de nuevo hacia la glorieta, no era muy grande, pero sí acogedora, su madre se había enamorado de ella en cuanto la había visto. Era de madera de teca natural, su forma hexagonal discrepaba con el jardín irregular, pero le daba un toque romántico muy especial. Las bogambolías y patateras subían abrazadas a sus columnas dando formas descabelladas y cayendo en cascada por todas partes. En primavera, con la floración, se pintaba de blanco, fucsia y morado, dando la bienvenida a cuantos se sentaban en ella.

Desde allí podía ver casi todo el jardín, en los últimos meses lo habían renovado totalmente, mamá había hecho pintar las vallas de color vainilla y, las puertas de hierro, de color forja. Había plantado azaleas, geranios, petunias, matrimonios, verbenas, rosales de todos los tipos y colores, jazmines, lilas, y tantas otras que ella no conocía, las cuales daban personalidad y color durante todo el año. La verdad es que era precioso, aún siendo invierno. No sabía cómo se sentía, no tenía ganas de nada, deseaba que se abriera la puerta de la cocina y apareciese su madre sonriendo con un vaso de leche fría con cacao para ella, como siempre había hecho. ¡Dios, cómo la echaría de menos!

Habían pasado ya 3 días, tía Maite la había ayudado con todo, el entierro, las flores, las tarjetas, y en contra de lo que decía su padre, habían avisado a todo el mundo, que a cuentagotas, habían ido apareciendo para dar el pésame. El martes por la mañana en la Iglesia de San Antonio se habían despedido de ella y ahora descansaba en el panteón de la familia en el cementerio del pueblo, junto a sus padres y hermana, muerta a los 10 años, a unos 20 minutos de dónde ahora se encontraba su esposo, quién la añoraba como nunca hubiera pensado. Encima de la lápida, Laura le había dejado las 4 rosas rojas, enlazadas con una cinta de seda color celeste, el preferido de mamá.

Tenía las piernas heladas, por fin llegó a casa de papá, a través de la ventana le vio sentado en la butaca, con la televisión apagada y la mirada fija en un punto imaginario donde sólo estaba él, con sus pensamientos dolorosos y compungidos. Le rompía el corazón verle así, nunca entendería la muerte. Sacó las llaves del bolso y se dirigió al porche. Respiró hondo y miró dentro de la bolsa de plástico, la chica de la tienda había envuelto muy bien el paquete, ahora sólo deseaba que la cámara digital le distrajera un poco de sus preocupaciones.

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