RING!!!

Cada día igual, no había acabado de recoger los platos que sonaba el teléfono.

-          Riiiiiing… riiiiing... riiiiiing...
-          ¿Diga?
-          Voy a matarte zorra... pip...pip...pip...

Realmente era una broma de mal gusto, nunca había entendido ese afán de asustar a nadie, y menos anónimamente. Además, no creía que nadie de los que la conocía quisiera hacerle daño, se llevaba bien con todo el mundo, seguro que era un gracioso que había cogido su número al azar y no tenía nada más que hacer que molestarla cada tarde a las 3h00. Probablemente, llamaría a mil y un números, indistintamente elegidos, señalados en la guía con el mismo dedo ruin que marcaba el dial. Pero los minutos posteriores a la llamada, se sentía vigilada e indefensa, y su imaginación le hacía trasladarse a alguna de las escenas acosadoras de cualquier película de suspense, donde la chica siempre acababa muerta. Era inteligente y valiente, ¿cómo podía una voz insertarle tal miedo? Todo hombre con el que se cruzaba en la calle podía ser él, y eso la aterraba. ¿Y si verdaderamente la conocía y un día le daba un susto? Prefería no planteárselo, o acabaría por no salir a la calle.

El domingo por la mañana, como siempre, cogió a Chucky, su pastor alemán, y se fue a caminar por la playa. Le gustaba oír el suave murmullo de las olas al golpear la arena, dibujando mil huellas espumosas que se introducían burbujeando entre sus dedos al caminar descalza por la orilla. Hacía un día fantástico, un poco gélido, aunque era normal a principios de otoño. Estuvo andando unas 2 horas, hasta que empezó a tener hambre, pasaría por el bar de Lele y cogería algo para comer en casa. Allí, como siempre, había mil cosas buenas para elegir, miró el aparador y se decidió por un bocadillo vegetal de atún, ¡eran deliciosos! así no se pasaba mucho con la dieta. Después de pasar por el quiosco y comprar el periódico, regresó para casa, haría un poco de gimnasia y luego comería, y por la tarde seguramente se lo tomaría con calma, intentaría acabar el libro que le había regalado Laura por su cumpleaños y llamaría a Marta para desearle buen viaje, se iba una semana a Londres con un nuevo amigo.

Al cerrar la verja del jardín desató a Chucky, normalmente el perro estaba fuera vigilando, le gustaba tenerlo, no sólo le hacía compañía, si no que se sentía más segura con él, aunque era un perro muy dócil. Miró a su alrededor, tenía que arreglar las flores, con el calor del verano se habían marchitado algunas y daban un aspecto dejado al jardín, si se animaba, a lo mejor por la tarde lo pulía, dependería de las ganas que tuviera. También tenía que pintar la verja y hacer que arreglaran el primer peldaño de las escaleras del porche, la madera, gastada por la humedad, se había agrietado hasta formarse una hendidura de unos 20 cm. de largo, no creía que se rompiera, pero Chucky podía hacerse daño, llamaría el lunes al carpintero.

Recogió una pequeña manta que tenía en el columpio del porche y entró en casa. Nada más cerrar la puerta notó un fuerte golpe en la cabeza y se desplomó.

Abrió los ojos repetidas veces, hasta que frunciendo el ceño pudo ver que se hallaba en su habitación. Se encontraba maniatada a la cama, vestida, tumbada boca arriba con los brazos abiertos. La persiana estaba medio subida y las cortinas corridas sólo dejaban entrar un hilo de luz en la estancia. Le dolía un poco la cabeza, se irguió todo lo que pudo y comprobó que no había sangre en la almohada, seguramente no tendría herida. Tenía mucho miedo, sabía que en cualquier momento entraría su agresor, seguramente un desconocido, el que la llamaba cada tarde, el que la quería matar... pero ¿porqué a ella?

Pasaron unos minutos, en los que intentó desatarse, pero fue imposible, la había sujetado con dos trozos de sábana rajados de la base de la cama, anudados con 2 lazos, uno por delante y el otro por detrás de la muñeca, no podía deshacerlos y le empezaban a doler. Entonces oyó pasos en el pasillo, secos, fuertes, debía ser un hombre corpulento. Cada vez los oía más cerca, hasta que apareció por la puerta. ¡No podía creerlo, era el hombre de la playa! Con el que se cruzaba a veces cuando salía a pasear, nunca habían hablado, ni se saludaban, se le veía muy buen tipo, solía hacer footing por las mañanas y ahora estaba allí, de pie en la puerta de su habitación con una bandeja en las manos, con zumo de naranja y galletas y una sonrisa en los labios. Si no fuera por la situación en que se encontraba, juraría que delante tenía a un hombre enamorado llevando el desayuno a su amada, pero lo que Emma sentía era pánico y miedo, notaba que respiraba cortadamente. Él empezó a  acercarse.

- Lo siento, no quería golpearte antes, pero tu me has obligado, no me hacías caso – dijo dulcemente con voz grave.
-    Por favor, no me haga daño – suplicó Emma. -  Llévese lo que quiera, no se lo diré a nadie.
-   ¿Llevarme? No me pienso ir – sonrió de nuevo -  ahora estamos los dos juntos, en casa, como debe ser y yo te voy a cuidar. Toma, come algo, sólo he encontrado esto.
-    No tengo hambre – masculló temblando.
-    Si que tienes, yo sé lo que necesitas, ¡come!
-   NO, por favor, de verdad que no quiero comer, luego, más tarde – titubeó.

Él insistió, posó la bandeja encima de la mesita de noche y cogiendo el vaso de zumo se lo acercó a la boca. Emma giró la cabeza hacia el lado opuesto, pero él le agarró la cara con su enorme mano y le hizo virar contra voluntad, hasta que Emma, levantando repentinamente una rodilla, le golpeó en el brazo y derramó todo el líquido en el suelo. Él, enfurecido por su desobediencia, alzó la mano y le fustigó una bofetada ardiente y dolorosa en la mejilla derecha. Emma asustada empezó a temblar, a intentar desatarse, se dio cuenta que estaba sollozando, que le costaba respirar y que sentía terror. No paraba de moverse, quería irse, pero él se puso encima de ella, con las piernas le inmovilizó el cuerpo, mientras que con un brazo le sujetaba los hombros y con la otra mano le tapaba la boca.

-          Lo ves – le susurró al oído - no hagas enfadar a Johnny. Si no te portas bien tendré que regañarte. Espera, te sale sangre de la nariz, no te muevas, yo te voy a curar, mi amor, no sé qué harías sin mi, mi dulce niña.

Johny cogió una servilleta de papel amarilla de la bandeja y empezó a secarle la nariz. A Emma le quemaba la cara, sólo con el roce del papel le ardía en demasía. Se sentía agobiada, débil, impotente, con ese extraño encima de ella, dejando que su aliento a cerveza le embadurnara el pelo, la cara, el cuello, le daba asco, repulsión, ¡Dios, que se fuera ya! Cuando él lo creyó oportuno, dejó de curarla y acercando su cara a la de ella le pidió un beso frunciendo la boca. A Emma le temblaban los labios, estaba aturdida, no sabía qué hacer, él la cogió por el cuello y la besó dulcemente, mientras ella no cesaba de llorar.

-          ¿Me quieres? Dime que me quieres... – Emma le miraba fijamente a los ojos, aterrada, su expresión desencajada no le permitía pronunciar palabra – Venga, dímelo... yo sé que me quieres... no te hagas de rogar... ¡DÍMELO! – le gritó. Emma empezó a sollozar de nuevo, implorándole que no le hiciera daño, que por favor la dejara en paz, pero él volvió a enfurecerse – veo que no vas a colaborar, no soy tonto, sé lo que quieren las zorras como tu ¡sólo queréis follar!
-          No, por favor, eso no, te lo suplico, por favor... – volvió a musitar entre lágrimas.

Pero él no le hizo caso, empezó a desabrocharle la chaqueta de algodón gris, lentamente, botón a botón, hasta abrirla del todo, debajo, Emma llevaba una camiseta blanca ceñida, él intentó subírsela, pero al ver que no podía, la cogió fuerte con las manos y la desgarró, partiéndola por la mitad, dejándola sólo con el sujetador. Emma seguía llorando y suplicando, le dolían los brazos, tensos, pero era como si él no lo viera, no la oyera, empezó a lamerle lentamente el cuello, los pechos, la cara, ella no paraba de moverse, intentando absurdamente deshacerse de él, y cada vez tenía menos fuerzas.

-          ¡QUIERES CALLARTE Y ESTARTE QUIETA! – vociferó en su cara, levantó el brazo y le plasmó un potente puñetazo en todo el ojo, Emma enmudeció...  apenas podía abrir el otro.

Mientras, él seguía con su pervertida osadía, le arrancó el sujetador con una mano dejando al descubierto sus pechos. Ella, semiinconsciente no podía moverse, estaba atontada. Johnny aprovechó para desnudarla del todo, sin piedad, le quitó las zapatillas deportivas, los pantalones y las bragas. Emma sabía lo que iba a pasar, ahora su miedo se tornó impotencia, aflicción, intentó moverse, luchar con las piernas, pero él la sujetaba demasiado fuerte, consiguió darle una patada, lo cual le irritó aún más, y empezó a pegarla sin desenfreno, por todo el cuerpo, cada golpe era como si fuera a morir, i cada vez dolían más, empezaba a no sentir nada, hasta que le aporreó en el estómago, por un momento creía que la mataba, no podía respirar, se ahogaba ante la mirada relajada de Johnny, pero no, todavía no se había acabado el martirio, comenzó a sentir un sabor ácido en la boca, le salía bilis entre los labios, al querer coger aire, se la tragó, empezó a carraspear, le quemaba el esófago, de repente, él paró, dejó de torturarla, y acariciando su pelo, empezó a tararearle una nana. Emma se sentía desfallecida, con todo el cuerpo dolorido y tosiendo, poco a poco empezó a respirar con dificultad. Finalmente, pudo balbucear unas palabras.

-      ¿Por qué me haces esto? – preguntó entrecortándosele la voz.
-     Tu me lo pides, yo sólo quiero que estés bien, darte placer, como queréis todas. Voy a hacer que me desees, voy a ser muy bueno contigo.
-    No quiero hacerlo, por favor, si te vas – tosió escupiendo más bilis – no te denunciaré, te lo prometo.
 ¡CÁLLATE!... ¿denunciarme? ¿tu?...  – dijo arqueando las cejas y mirándola fríamente a los ojos -  no deberías de haber dicho eso, te portas mal, no eres buena conmigo. – sacó una navaja que llevaba en el bolsillo y la abrió.
-          ¡Oh, Dios!... por fav...
-          ¡CÁLLATE, TE HE DICHO!

Emma, triste, desalentada, asustada, sólo pensaba en la vejación a la que iba a ser sometida. Recordaba lo que le habían enseñado en el curso de defensa personal, pero ahora todo aquello era inútil, no servía para nada, tenía miedo y sabía que él estaba enfermo, podía hacerle mucho daño. Johnny le colocó el filo de la navaja en el cuello, notaba cómo la punta afilada se le hundía en la piel, ladeó la cabeza para que no se lo clavara, el corazón empezó a latirle despavoridamente, mientras él empezaba a desabrocharse el pantalón. Emma seguía sin poder moverse, tenía el cuerpo molido, agotado y el peso de él encima suyo apenas la dejaba respirar. Con movimientos lentos, Johnny acabó de quitarse la ropa, primero los pantalones, luego los calzoncillos, notaba su pene erecto rozándole las piernas al moverse, le daba mucho asco, estaba húmedo, de repente sin quererlo, le vino una arcada y empezó a vomitar encima suyo y de Johnny, él, asqueado, también con náuseas, se levantó de la cama, estaba poniéndose amarillo, en ese momento empezó a chillar y a tirarse del pelo, iba andando por toda la habitación golpeándose contra las paredes y gritando – ¿PORQUÉ LO HAS HECHO? ¿POR QUÉ? AHORA TENDRÉ QUE MATARTE, ¡PUTA! – A Emma se le atenuó un poco el dolor de estómago, pero le daba igual, sólo quería que aquello acabara, el vómito se había enfriado y empezaba a temblar, olía fatal y él no dejaba de moverse, entonces paró, se sentó en el suelo, en una esquina de la habitación y empezó a llorar, zarandeando la cabeza, como si fuera un niño pequeño al que no dejan jugar, apretando con fuerza la navaja por la hoja y cortándose la palma de la mano repetidas veces.

Estuvieron así más de media hora, cuando de repente se oyó un ruido de cristales rotos y acto seguido, muchas voces en la casa, gente que subía las escaleras corriendo y finalmente entraron en la habitación. Era la policía, una media docena de agentes armados y protegidos con chalecos antibalas, examinaron la sala y emprendieron la acción. Uno de ellos, una mujer, se acercó hacia ella y cogiendo el edredón, que estaba tirado a los pies de la cama, cubrió a Emma y empezó a desatarla, mientras los otros cuatro, cercaban a Johny y le reducían en el suelo, bocabajo, enmanillándolo a la espalda y sacándolo a empujones de la estancia.

Emma casi no sentía los brazos. Quería despertar de esa pesadilla y olvidarlo todo, pero no podía. Otro agente la examinó por encima y le dio un calmante intravenoso. Al cabo de unos minutos entraron un hombre y una mujer con bata blanca y una cámara de fotos, comenzaron a fotografiarla de todos lados, mientras, sus párpados pesados cerraban los ojos lentamente...

Dedicat a un indesitjable...

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