LA PLAYA

Habían pasado ya más de 8 meses, pero los miedos seguían gritando en su cabeza. Desde que él se había ido, sólo pensaba que nunca más volvería a sentir como antes, que su corazón se había apagado y que tener una relación con un hombre era lo más lejano a su realidad. Pero aquel domingo, en la playa, todo cambió.

Tumbado leyendo, con la cabeza apoyada en una pequeña roca, había un chico, alto, de buen parecer, con mirada interesante. Le miró y quiso morir cuando él, apartando la vista del libro, fijó sus ojos azules en ella, lacónicamente, indiferente, sin más pretensión que la de observar al sujeto que acababa de llegar.

Tania se apresuró a buscar un buen sitio cerca de la orilla, como hacía siempre. Aquel día no había mucha gente, estaban a finales de septiembre y la playa, casi vacía, invitaba a relajarse con el olor a mar y la suavidad de la arena. Puso la esterilla en el suelo, deslizó su toalla encima, y se sentó, con su cesta entre las piernas para sacar el libro, los cascos y la crema solar. Aunque el sol ya no quemaba mucho, siempre le gustaba protegerse de él y sentir el frescor de la loción en su piel al acariciarla la brisa.

Una vez embadurnada con olor a coco, se tumbó cara arriba con los cascos en las orejas, sonaba una de las mejores canciones de Tina Turner, “Private Dancer”. Allí, sola entre la gente, con la música que le gustaba, se sentía feliz, era su momento.

Al cabo de media hora aproximadamente, se giró, hundió los dedos de los pies en la arena y cogió el libro que se había traído, iba por la mitad, y aunque no era el mejor que había leído, le apetecía sumergirse en él y evadir la realidad que la encerraba en soledad.

De repente, una mujer gritó, estaba regañando a un niño que, inocente y despreocupado, había empezado a orinar en medio de la playa. La que debía ser su madre se dirigió apresuradamente hacia él, que con afán de rebeldía, empezó a correr, saltando y brincando, inducido por las carcajadas de los que le rodeaban. En ese momento, los ojos de Tania se cruzaron con los del chico de la roca, los dos estaban sonriendo a costa del pequeño, sintiéndose cómplices, perduraron la mirada durante unos segundos, casi eternos, hasta que ella rompió tímidamente el hechizo.

Durante el transcurso de la mañana, varias veces se observaron, jugando con provocación y picardía. A ella le gustaba, hacía mucho tiempo que no se sentía así y le divertía. Poco a poco, el cielo empezó a encapotarse, lentamente las nubes cerraron la puerta al sol y, en pocos minutos, comenzó a llover a raudales. La gente, sin pensar, recogía sus trastos y buscaba cobijo donde podía. Tania, puso sus enseres en la cesta, plegó la toalla y ante su sorpresa, el chico de la roca la estaba ayudando a enrollar la esterilla. Por un minuto, dejaron que la lluvia les empapara la ropa mientras se miraban, abstraídos por la improvisación del momento, pero enseguida, él, entregándosela, la invitó a seguirle.

La lluvia cada vez caía con más fuerza, empezaron a correr descalzos sobre la arena húmeda, con los zapatos en la mano, hasta llegar a un pequeño chiringuito situado al lado del espigón. Estaba lleno. Entre el gentío se apreciaba la barra del bar, hecha con cañas de bambú, dando un punto exótico al lugar. Las paredes, cubiertas de listones de madera color nogal y gran cantidad de plantas artificiales, denotaban un aire rústico y salvaje. Si dejaban volar su imaginación, podían perfectamente estar en una cabaña en medio del Amazonas, en plena estación de lluvias.

-          ¡Vaya, nos hemos empapado!
-          Sí, es verdad, gracias por ayudarme con la esterilla, la verdad es que la lluvia me ha cogido por sorpresa – le sonrió.
-          Sí, como a todos... – hizo una mueca señalando a los demás - ...por cierto, me llamo Tino.
-          Yo Tania – Se dieron 2 besos, se sonrojó, él parecía más sereno.
-          ¿Quieres tomar algo?
-          Pues mira, sí, pero parece que no hay mesas – en ese momento una pareja con un niño se levantó y dejaron una justo a su lado.
-          ¡Caramba! Somos gente con suerte, ¡empezamos bien! – indicó ufano.

Se sentaron uno frente al otro y empezaron a hablar. Primero se interrogaron curiosamente, luego, estuvieron charlando varias horas, de todo y de nada, dejando pasar el tiempo sin darse cuenta, Tania se sentía muy bien junto a él, se creía comprendida y escuchada y la atracción entre ellos era evidente. Hacia las 12h30 de la noche, el propietario del local les dijo que tenía que cerrar. Pagaron a medias las consumiciones y siguieron conversando mientras andaban por el paseo marítimo junto al mar.

Ella había ido a pasar unos días de vacaciones por la zona, sola, para aclarar sus pensamientos, casi tortuosos desde hacía varios meses, y lo que menos había imaginado era encontrar un chico que le gustara tanto. Sentía que quería estar a su lado, escucharle, besarle... y a la vez, eso la asustaba. Le conocía desde hacía unas horas y era como si ya pudiera confiar ciegamente en él. Nunca se había sentido así, además, en 2 días, ella volvería a casa y no le vería más. Sentir era una locura.

Aquella madrugada se despidieron en la puerta del hotel dónde se hospedaba Tania con un simple “buenas noches”, no sin antes quedar para verse en la playa a la mañana siguiente, al lado de la roca. Se sonrieron y ella esperó en el portal mirando como se alejaba.

Al día siguiente, fue puntual a la cita, volvió a repetir el ritual playero de cada vez y esperó a que él llegara, pero no fue así, pasaron las horas y el día y nada, no aparecía. Al final, a media tarde, decidió irse ha tomar una baño y prepararse para la cena en el hotel. Se sentía triste, no podía dejar de pensar en él, lamentaba no haberle besado la noche anterior y le aterraba tanto no volver a verle como desearle de aquella manera, sólo era un desconocido! Hacia las 8h00 de la tarde, cuando bajaba las escaleras de recepción, le vio allí, de pie, esperando. Iba vestido con unos vaqueros gris oscuro y un polo beige de manga corta, los zapatos, de piel marrón, acababan en punta, estaba monísimo! Al acercarse, muy seria, olió la loción de masaje que se había puesto después del afeitado, vaya, para comérselo! Pero algo en su interior le decía que no podía dejarse llevar, aún después de que él se disculpara y le contara que había tenido que trabajar y no la había podido avisar, veía que aquello no tenía futuro. Sentía que estaba viviendo una realidad paralela que no la llevaría a ninguna parte, efecto vacacional. Y no quería volver a sufrir. Se dieron dos besos.

Él, para compensar la espera en la playa, la invitó a cenar, la llevó a un pequeño restaurante en el puerto con vistas al muelle, un conjunto de brillantes luces que decoraban los mástiles de las embarcaciones que esperaban, danzando con el nimio oleaje, que su patrón las llevara a ver mundo. Por un momento, quiso impedir que sus emociones surgieran espontáneamente, y decidió enfriar un poco la relación, mostrándose distante y despreocupada, pero se engañaba, mientras jugaba a controlarse, sólo deseaba que él la abrazara dulcemente y la sumiese en el más estremecedor de los besos.

Tino parecía desconcertado, no entendía ese cambio, pensó que se debía al plantón, y no le dio más importancia. Durante la cena, lo pasaron bien, pero no era lo mismo, la actitud de ella rompía la naturalidad con la que habían tratado el día anterior, hasta que él volvió a disculparse por lo sucedido, creyendo que era el motivo de tal indiferencia. Tania lo refutó, le dijo que eso ya estaba olvidado, que era ella la que no estaba igual, que le parecía estar sintiendo algo y que le daba miedo, que en 2 días eso era imposible. Tino lo entendía, aunque reconocía que no había pasado mucho tiempo, él también empezaba a sentir que podía haber algo más, pero, antagónicamente, él se sentía bien, y le parecía muy natural, como dijo, simplemente había que dejarse llevar.

Al salir del restaurante, Tania le dijo que era mejor dejar las cosas así, sin más, que habían pasado 2 días perfectos, pero que no quería empezar una relación a distancia, no estaba preparada para otro fracaso, justo ahora que empezaba a recuperarse del anterior. Tino, mirándola fijamente a los ojos le dijo que él no le haría daño, le cogió la cara entre sus manos y la besó dulcemente. Ella le devolvió el beso y empezaron a acariciarse, primero suavemente y, luego, cada vez más apasionados, alargando ese beso para que no acabara nunca. Cuando se separaron, sonrieron complacidos y cogidos de la mano fueron hasta el hotel, donde hicieron el amor durante toda la noche, como si supieran que podía ser la última vez.

Por la mañana, al despertarse, Tania se sentía feliz, ladeó la cabeza y le vio a su lado, profundamente dormido con una leve sonrisa en sus labios. Tuvo la tentación de despertarle y volver a quererle, pero no lo hizo, le veía tan satisfecho... pasó los siguientes 20 minutos mirándolo, haciéndose a la idea de que realmente estaba allí, hasta que abrió los ojos y la miró medio dormido, ella se le acercó y le besó en esos labios que la noche anterior habían recorrido todo su cuerpo. Volvieron a hacer el amor y se fueron a comer al chiringuito dónde se habían resguardado de la lluvia. Era todo tan hermoso, que parecía mentira que fuera a acabarse, esa misma tarde Tania cogía el avión de regreso a casa.

Después de hacer la maleta, Tino la acompañó al aeropuerto. Se sentían mal, pero felices. Ella no quiso que él se esperara allí, le pidió que se despidieran en el coche, y así lo hicieron. Se abrazaron durante un largo rato, deseando no separarse nunca, se besaron por última vez y Tania salió del coche. Tino, apenado, le dijo adiós con la mano, arrancó el motor y se alejó por la carretera. Ella, estaba hecha polvo, embarcó la maleta y subió al avión. Durante todo el viaje no dejó de pensar en esos 3 días y lo maravilloso que era él. Sólo aterrizar le mandó un mensaje al móvil:”Ya he llegado. Todo bien.  Gracias por todo. Besos”. Pero los dos sabían que no recibiría respuesta, lo suyo era imposible, ese era el fin… su fin.

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